jueves, 31 de agosto de 2017

TELEVISIÓN



Acabo de darle un repaso rápido a los canales de televisión. La verdad, desolador. Aventura en pelotas, Niños asesinos, Madrastras malvadas… Son los títulos más impactantes de la programación de esta noche. Me he perdido una serie sobre vestidos de novia, a los de las casas de empeños, que son unos cuantos, y a los subasteros. Y si espero un ratito podré disfrutar de las aberraciones médicas, de los megagordos a dieta y de las mujeres a punto de ser asesinadas por sus parejas. Hay que reconocer que la TDT nos ha llenado el televisor de basura. Me parece que no vamos a lograr convertir un medio tan formidable en instrumento de formación e instrucción de la población. Para un programa decente que encuentras son decenas las chorradas, las imbecilidades, las barbaridades, las inutilidades. Y prácticamente todas, norteamericanas. Has de aguantar sin dormir para, con suerte, dar con un documental interesante, una serie de cierta enjundia, algo que te permita aprender, que te aporte conocimientos, que sea de utilidad. 
 Hay expertos que entienden que el entretenimiento no está inexorablemente reñido con la calidad y que, si bien está tristemente demostrado que el consumidor medio tiende en un principio hacia lo elemental, la distracción pura, es capaz de apreciar la calidad cuando se hace accesible. Lo mismo que con la alimentación, la lectura, la música… Nadie plantea que la televisión sea un tostón insufrible, una interminable secuencia de clases de matemáticas y latín. En la actualidad hay formas de transmisión de conocimientos muy atractivas. Sin embargo, los dueños de la tele no parecen compartir esa opinión, hasta el punto de haber hecho de su medio un estercolero. Y es que tengo el íntimo convencimiento de que todo esto no es casual. En el fondo subyace el firme propósito de subdesarrollarnos, de contribuir a la extensión de la ignorancia y la burricie en una sociedad que, de este modo, se mantiene dócil, maleable, controlada y previsible. Sólo de ese modo se explica la emisión permanente de pésimos contenidos. Imaginen cuánto bien podría propagarse si se invirtieran los términos actuales y en la parrilla fueran mayoría los programas culturales, científicos y, en definitiva, formativos. Pues no. Parece que el futuro no camina hacia allí.  

LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS 6/8/2017

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