martes, 7 de abril de 2015

GANAS DE VIVIR



Repentinamente, sin venir a cuento, la anciana sintió la necesidad de desahogarse y al primero que encontró fue al dueño de la tienda. En ese momento yo andaba revolviendo en el fondo del establecimiento, buscando algo que luego comprobé que tenía justo delante de los ojos, pero podía escuchar nítidamente las palabras de aquella mujer, que abrió su corazón en forma de trágico relato de su vida junto a un hombre malvado que la maltrató y torturó durante muchísimos años. El canalla finalmente, aunque demasiado tarde, murió y la mujer, como la planta marchita que se aferra al hilo de savia que le queda, una vez libre de su carcelero, aún era capaz de florecer. Sesenta años de una condena cumplida en silencio, de muerte en vida, de palizas y desprecios, y hoy, octogenaria, todavía era capaz de expresar su deseo de seguir adelante y disfrutar del tiempo que le quede.
Aquella anciana menuda, que fue castigada a una existencia infernal y que se mantuvo al lado de su torturador hasta el final, por miedo, por no disgustar a los hijos, por no motivar un escándalo y por esa vieja escuela que imponía el sometimiento incondicional de la mujer al marido, ahora saboreaba, aunque fuera un poco, la hermosura de levantarse cada mañana sin temores, sin echarse a temblar al sentir las pisadas del criminal aproximándose a la puerta, sin ocultar los moratones y las magulladuras. “Por lo menos, me dejó una pensión suficiente”- dijo ella esbozando una sonrisa. “No me puedo quejar”.
La señora tomó lo que había venido a buscar, se despidió del comerciante y salió de la tienda. Fue entonces cuando me atreví a moverme. El hombre observaba la calle desde el escaparate, en completa quietud. Tanto que le sobresalté al acercarme. Su mirada lo decía todo. “No encuentro el pegamento”- le dije. “Pues lo tienes justo donde estabas. Pero no me extraña que no lo hayas visto. A mí me habría pasado igual. Hay momentos en que todo se nubla” –contestó. “Y este es uno de ellos”- respondí. Finalmente localicé el pegamento, pagué y me marché. No se cuánto me costó ni hacia dónde fui. Creo que él tampoco sabe lo que me cobró. Ambos teníamos las cabezas en otras cosas. 

Publicado en La Nueva España de Las Cuencas el 28/3/2015

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