jueves, 4 de febrero de 2016

CANDIDATOS



Todo aquello que pueda empeorar, emporará. Por Tutatis, que la Ley de Murphy no se cumpla. Porque si nosotros, los españoles, nos debatimos entre Rajoy, Sánchez e, incluso, Iglesias, como presidentes del Gobierno -vaya trío de ases que nos hemos agenciado-, los norteamericanos y, por ende, el universo vive bajo la amenaza de que Donald Trump acabe sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca. Para qué queremos más. Un fulano que ha de dedicar no menos de una hora diaria a estabilizar y dar forma al tupé. El escenario perfecto como anuncio del Armagedón: En una esquina del cuadrilátero, un estrambótico ricachón al más puro estilo yanqui; en la opuesta, Putin, un chuleta ruso; en medio, todos nosotros; y para aliñar la ensalada, por si le faltara picante, los enloquecidos asesinos islamistas pretendiendo frenar la velocidad de rotación de la Tierra y devolvernos al Medievo. Como para subirse a una patera espacial y buscar la paz y el sentido común en otro planeta. 
La extraña carrera por la sucesión de Obama -la gran esperanza que se fue diluyendo, el hombre que, rompiendo todas las barreras, quedó destinado a cambiar este miserable mundo para dejarlo igual o peor, si cabe- nos afecta directamente. Más incluso que la elección de nuestro propio presidente. Y como el próximo gran líder occidental, el máximo mandatario de la primera potencia terrenal, sea Donald Trump, apaga y vámonos. El acabóse. Es como para ponerse a dudar de las reales capacidades intelectivas del ser humano. Qué se puede pensar, si no, de los cientos de millones de individuos que componen las sociedades libres y que tienen la irritante costumbre de, como apoderados para guiar el destino de nuestras vidas, elegir sistemáticamente a los más tontos, corruptos, ineptos y fantasmones. Para los que creemos en la libertad y la democracia como esencias capitales de la existencia en comunidad, es desolador. Si la defensa de los valores occidentales y del mundo libre termina en manos de Trump, paren, que yo me bajo. Porque el tipo promete emociones tan fuertes que mejor si se contemplan desde la distancia. Y si es una distancia sideral, mejor.
Algo funciona rematadamente mal en las sociedades democráticas cuando los elegidos para conducirlas son los mediocres e impresentables. 

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS el 03/02/2016

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