martes, 19 de enero de 2016

(NO) SOMOS TODOS


Lo duro no es tanto saberlo y padecerlo como que te lo digan con toda su crudeza. El feo sabe que lo es, pero que se lo digan a la cara, como que duele. Como le pasa a la gorda. Y al calvo. Y a la bajita. Sólo el tonto suele desconocer su condición, por lo que espetárselo en los morros viene a causarle tanta sorpresa como incredulidad, con lo cual se queda igual que estaba. La abogada del Estado en el caso Noos no lo pudo expresar con mayor claridad: lo de que Hacienda somos todos no es más que un mensaje publicitario. O sea, que Hacienda no somos todos. Como ya se sabía y se sufre. Si lejos de nuestras posibilidades están las irregularidades fiscales de “los elegidos”, lejísimos de nuestra capacidad de comprensión está la reacción de la administración. Esa dulzura, esa empatía, ese querer creerse unas patrañas infumables del estilo “yo no me enteraba”, “yo firmaba en barbecho”, “yo creía que todo era legal”, “yo no preguntaba por la procedencia de tantísimo dinero”, contrasta con el rigor y la actitud implacable con el ciudadano vulgaris que se salta un plazo o la caga en una desgravación. 
Siempre se dijo que si al banco le debes cien euros eres un moroso de mierda, pero que si le debes cien millones eres un señor de los pies a la cabeza. Pues algo parecido tiene pinta de suceder en el ámbito fiscal, donde a determinados niveles priman otras cuestiones sobre las exclusivamente matemáticas de tanto tienes, tanto pagas. 
De verdad que ignoro si Cristina de Borbón es culpable o inocente –aunque la calle ya la ha condenado-. Pero lo que sí parece poco, digamos, habitual, es el incondicional apoyo que está recibiendo por parte de la propia Hacienda, la fiscalía y la abogacía del Estado. De verdad que no conozco a ningún imputado más defendido. Sólo Manos Limpias sostiene la acusación. Algo ciertamente extraño, cuando lo normal es seguir adelante con el enjuiciamiento y, a la vista del resultado de las pruebas practicadas a lo largo del juicio, mantener la acusación o retirarla. Y, en caso de duda, que sentencien los magistrados. Pero así, a priori, únicamente podría entenderse en supuestos de una inocencia manifiesta, clarísima, incuestionable, que no parece ser el caso. 

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA de las CUENCAS el 16/1/2016

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