miércoles, 4 de febrero de 2015

NIEVE POR LAS RODILLAS



¿No nos alarmamos en exceso por el tiempo? Entrevistan a la paisanina que está metida en nieve hasta las rodillas y se ríe, porque aquélla es una nevadina de nada, que cuando ella era moza, unos setenta años atrás, eso sí que era nevar, como si volcaran cubos desde el cielo. Semanas incomunicados y no pasaba nada. Recuerdo de niño pasar el puerto de Pajares entre amenazadores murallones blancos, con el traqueteo de las cadenas, situación que se repetía en el alto de Los Leones. Y sí, había que detenerse, avanzar a paso de burra, andar poniendo y quitando cadenas, y el viaje se alargaba indefinidamente. Pero la gente estaba hecha a ello, como a pinchar una rueda y cambiarla, a que un manguito del radiador dijera basta, a intuir más que ver con aquellos faros como velas. Por ello se viajaba provistos de guantes, mantas, comida y bebida caliente. Y hasta una pala. Por lo que pudiera pasar. Y lo mismo cuando hacía una calor de mil demonios, sin aire acondicionado ni nada que se le pareciera, abanicando los motores recalentados y expuestos a los reventones de neumáticos. Pero, por si acaso, siempre llevábamos agua en abundancia y comida ligera. Porque la posibilidad de avería o de cualquier otro incidente era alta.
Hoy parece que, a pesar de los avances modernos, de la tecnología, de las comunicaciones, estamos más indefensos que antes. Caen cuatro copos y se arma la mundial, se anuncia un temporal ártico y parece como si se nos viniera encima el fin del mundo.
Es invierno y hace frío. Como toda la vida. Es más, debido al cambio climático, no hace ni la mitad de frío que cuando nuestros padres eran chavales. Y si había que caminar entre la nieve, se hacía. Y si se quedaban sin electricidad, buscaban alternativas. Y si no podían moverse, se quedaban quietos. 
Hoy miro por la ventana intentando detectar esa nube gélida procedente de las estepas siberianas. Y atiendo a unos partes meteorológicos que más parecen el guión de una película de terror. Y escucho a mis vecinos hablar temerosos, como si en vez de una masa de aire frío lo que se aproximara fuera el asteroide definitivo. Y la paisanina, con la nieve por las rodillas, riéndose.

Publicado en el diario La Nueva España de las Cuencas el 4/2/2015

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