lunes, 6 de junio de 2016

EL QUESO



Lo estoy viendo venir. Me va a pedir el divorcio. Y no puedo culparla por ello, la verdad. Desde que mis cuñados me regalaron el queso de Peñamellera que compraron en Bosque, nuestra relación se ha deteriorado. Sí, a causa del queso. Porque no es un queso normal. Es una delicia de sabor, pero huele…huele…por Dios, cómo huele. Es como si en la bolsa de los calcetines sucios de un corredor de maratones se ocultara el cadáver en descomposición de una mofeta con diarrea. Y me quedo corto. Entrar en una de esas cuevas en las que se curan estas pestilentes ambrosías debe de impactar como la coz de un burro que te lanza a cuatro valles de distancia. Y ella, que es de olores perfumados y armoniosos, lleva muy mal la relación con un queso de Peñamellera, por lo que no concluimos ninguna comida juntos. Es destapar ese prodigio atómico y salir huyendo, como quien huye de un enjambre de avispas cabreadas.
Pero, claro, un queso tan potente solo puede ser ingerido en pequeñas raciones, para que a los jugos gástricos les dé tiempo a gestionar el trance. Y lo que poco a poco se come, mucho dura. Demasiado, a tenor de su cara, sus ademanes, sus muecas. O me apresuro o me pone las maletas en la puerta. Porque tirarlo, ¡ni hablar! Antes muerto o divorciado que deshacerme de mi apestoso queso, del que ya queda menos de la mitad. Y cada vez que destapo el envase hermético en el que lo tengo confinado dentro de la nevera exclamo lo mismo: ¡Cómo es posible que algo que huele tan rematadamente mal sepa tan bien! Es un misterio maravilloso. Pero ella se niega a aceptar el milagro de las bacterias de la leche y ni hay manera de que dé el paso de probarlo. Ni hablar. Innegociable. Y que conste que lo he intentado. Pero no hay nada que hacer. Desistí antes de que me pidiera el divorcio por pelmazo. Y reconozco que como se presente en el juzgado con el queso es probable que le concedan una orden de alejamiento. Contra el queso de Peñamellera y contra mí. Pero qué rico está.  

LA NUEVA ESPAÑA de las Cuencas 5/6/2016

jueves, 2 de junio de 2016

MENTIRA



¿Por qué dices que mañana me pagarás si tanto tú como yo sabemos que eso es mentira? ¿Para qué te comprometes si no vas a cumplir? “Déjalo de mi mano. Yo me encargo”. Pero luego no te encargas ni tienes el menor propósito de hacerlo. Es que es absurdo e innecesario. Te callas, no dices nada y listo. Porque luego resulta de lo más desagradable tener que andar detrás de alguien recordándole sus palabras. Oye, que dijiste que mañana me pagabas. Y mañana ya fue ayer. Y ni un céntimo. A no ser que yo entendiera “mañana” y tú dijeras “el mañana”. Porque, claro, si es que me vas a pagar “en el mañana”, pues vale, como que me lo tomo con más paciencia. Pero si me dices que “mañana”, cuando llega mañana –que, insisto, fue ayer- yo me paso la jornada rebosante de ilusión y esperanza hasta que cae el sol y el bolsillo sigue vacío. Entonces me amohíno y me deprimo. Para eso no me digas nada, hombre, y yo ya me hago a la idea de que ese dinerito voló para no regresar. Que no hay que confundir la mentirijilla piadosa, porque es innecesario e inconveniente ser absolutamente sinceros unos con otros, con la burda trola que queda al descubierto en un dos por tres. Ese tinte del pelo color remolacha transgénica es un espanto, pero para qué te lo voy a decir. Seguramente tú ya lo sabes. Y desde luego las de la peluquería también. Para qué vamos a hurgar en la herida. Pero si me aseguras que vas a hablar con fulanito sobre un asunto que me afecta y resulta que no lo haces, que se te olvidó, que no lo topaste, que comunicaba, me estás haciendo polvo y demorando la resolución de un asunto que necesito resolver. Porque quizá a ti no te corra prisa, pero a mí, sí. Y he confiado porque te has ofrecido. ¿Para qué te metes en medio si lo único que pretendes es estorbar? ¿Me haces un favor o una faena? Miren que es sencillo: no decir ni hacer nada. No hay mentira ni falsas expectativas. Nadie se llama a engaño. Tan simple como eso.

La Nueva España de las Cuencas 2/6/2016

miércoles, 1 de junio de 2016

SERÉ BREVE



Es oírlo y ponerme en lo peor: “Seré breve”. Mal asunto. No va a ser breve; al contrario, será interminable. Como cuando te dicen “Que no te moleste…”, que por dentro tienes la seguridad de que te va a molestar.
Bueno, pues con esto de las charlas y conferencias estoy descubriendo el submundo de los “serebreves”, una especie humana compuesta de individuos, preferentemente de sexo masculino, que van de charla en charla, de conferencia en conferencia, no para atender y adquirir nuevos conocimientos, sino para escucharse a sí mismos y dar la tabarra a la concurrencia cuando el moderador del acto comete el error de abrir el turno de preguntas. Porque no levantan la mano para preguntar, qué va; se arrancan con una perorata que no tiene fin con el único propósito de que alguien les escuche. Porque para mí que ni en su casa los escuchan. Y al final de la disertación, muchas veces más extensa que la del propio ponente, queda uno preguntándose “¿Qué ha dicho?”, pues el palizón ha sido tal que el cerebro cerró hasta las contraventanas para defenderse.
Recuerdo con estupor a un asistente que, sin venir a cuento, nos castigó con una teoría de aprovechamiento de las minas como almacenes de residuos radiactivos. Que dicho así, pues habría durado la disertación no más de treinta segundos. Pero no, hasta que la idea se concretó, pasaron minutos, y más minutos, y vuelta para acá, y vuelta para allá, y los conferenciantes con los ojos en blanco, y el moderador como si estuviera sentado sobre un cactus, y el resto de los presentes con ganas de encerrarlo a él en una mina abandonada. Por no hablar del veterano político – y digo veterano porque hay testimonios que confirman que ya ocupaba cargos en tiempos de Favila – que levantó la mano y se dedicó a sí mismo un mítin para perplejidad de los inocentes asistentes.
Por favor, sean breves. Tanto si van a decir algo interesante como si es una tontería, no se alarguen. Por mucho que les cueste aceptarlo, a las conferencias se asiste para escuchar al conferenciante. Parece de cajón, pero se ve que aún así hay que explicarlo. Y la tabarra, dénsela al que quiera oírla.  

La Nueva España de las Cuencas 1/6/2016


miércoles, 25 de mayo de 2016

LO ANCHO Y LO ESTRECHO



No es que Vladimir Putin sea un tipo muy recomendable, pero cuando acierta, acierta. Cuentan que a la petición de los representantes de Arabia Saudí de permitir la apertura de más mezquitas en suelo ruso, el agudo Vladimir respondió: “¿Aceptará el gobierno saudí que en su territorio se levanten templos cristiano-ortodoxos?”, a lo que la delegación del país árabe respondió rotundamente que imposible, que sus leyes prohíben tal cosa. “Entonces” -concluyó Putin- “retomaremos esta conversación cuando deje de estar prohibido”. Ya conocen esa práctica tan extendida de “lo ancho para mí y lo estrecho para ti”.
Creo que a lo largo de todos estos años escribiendo en esta columna ya les he hecho partícipes de mi manera de pensar, que se basa en un principio por encima del resto: la libertad. De ahí que me pareciera un abuso, además de una majadería, la prohibición de las banderas independentistas catalanas en un estadio de fútbol. Lo mismo que los pitos al himno español y al Rey. Habría que indagar en las causas en vez de establecer limitaciones a la libertad de expresión. No quiere ello decir que esté de acuerdo con tales manifestaciones, que, más que nada, me parecen un penosa exhibición de mala educación. Pero es que el que quiera ser un maleducado está en su derecho. Es una pena, sí, pero es su decisión. Se puede ser independentista sin ofender innecesariamente los sentimientos ajenos, lo mismo que se puede estar a favor de la unidad de España sin burlarse de la simbología catalanista. Bueno, a lo que iba; que estando conforme con la reacción contraria a la prohibición de las “esteladas” –que vaya pasada de frenada más inoportuna se marcó la Delegada del Gobierno en Madrid-, no deja de ser curiosa la vara de medir utilizada desde Cataluña, donde hay verdaderos problemas para que ondee la bandera española y suene el himno nacional. O sea, que lo que tú no me consientes a mí he de consentírtelo a ti. Este es el meollo de la cuestión, lo que casi nadie asume, que tanto tú como yo seamos libres y lo aceptemos. Y si exiges poder mear en mi portal, habrás de consentir que yo pueda hacerlo en el tuyo. ¿O no?

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS el 24/5/2016.

miércoles, 2 de marzo de 2016

UN PARPADEO



Un abrir y cerrar de ojos y se esfumó febrero, que ni siendo bisiesto fue capaz de serenar la velocidad a la que transcurre la vida. Hace nada nos sentábamos a la mesa de Nochebuena con la terrible presencia de una silla vacía. Y brindaba por el nuevo año con el nudo en el estómago que me producía no poder chocar mi copa contra la suya. Un parpadeo y voló el mes de enero más cálido que se recuerda. Otro parpadeo y adiós a febrero. Otro y nos plantaremos en Semana Santa. Y de ahí al verano, como cuesta abajo y sin frenos. Tengo que sentarme a hacer memoria de lo acontecido en este par de meses. Porque cosas pasaron, buenas y malas. Y rutinarias la gran mayoría. Ya me anunciaron mis mayores que la velocidad de la vida se va incrementando con el paso de los años. En la infancia, los días parecían inmensos, las vacaciones, inacabables, el curso escolar, eterno. En la juventud comenzó a producirse un fenómeno fastidioso: lo bueno transcurría en un santiamén; lo malo, al paso de la burra. Hoy va todo rápido. Hasta lo lento es rápido. Es como si las hojas del calendario fueran azotadas por los vendavales. Buf, mañana lunes. Qué bien, mañana viernes. Otro invierno; otro verano. Todo en un parpadeo, casi sin sentir, sin llegar a saborear esos días que vuelan para no volver jamás.
Y es que uno ya va siendo mayor como sus mayores y, tal como me advirtieron, mis 24 horas diarias son ahora bastante más breves. Y terminarán siendo como estrellas fugaces. Llego a esta edad con la sensación de que mi tiempo se escapa como el agua entre las manos, que soy incapaz de gestionarlo, aprovecharlo, de exprimir cada día, de otorgar a cada nuevo amanecer su auténtico valor, el de un acontecimiento extraordinario y cada vez más escaso. Y, aunque me cuesta salir de ahí, me voy dando cuenta de que la mayor parte del tiempo se me evapora en intrascendencias y banalidades, en acciones tan improductivas como prescindibles, en pensamientos elementales e infecundos. Quizá la vida sea así, pero ahora asoman unas urgencias que antes no se manifestaban de modo tan perceptible. Porque, a estas alturas, un parpadeo vale cada día más.

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA de las Cuencas el 2/3/2016

PREMIAR




Matemático: la proclamación de los premiados con el Mierense del Año de cada edición va siempre acompañada por las mismas, minoritarias, impertinentes y cansinas voces críticas. Y es que hay gente para la que no existe candidato que reúna los méritos adecuados. Salvo uno mismo, claro. O los que uno proponga y elija, por supuesto.
Premiar con un mínimo de rigor no tiene nada de sencillo. Porque hay que seleccionar, cribar, presentar y elegir con la mayor objetividad posible. Porque suele haber múltiples y acreditados aspirantes. Porque la decisión a favor de uno es la decisión en contra de otro. Bueno, no es sencillo siempre y cuando se tomen las cosas en serio. Si se hace en plan compadreo, como es lo habitual, yo a ti y tú a mí, coto privado de amiguetes y afectos incondicionales, está chupado. De ahí el gran acierto de los Mierense del Año. 
Pero qué cargantes pueden llegar a resultar estos tipos que se consideran depositarios exclusivos de la razón, la equidad y la justicia. Unos tipos que poco o nada de valor han hecho en la vida pero que se permiten la licencia de cuestionar todo en lo que no pueden o no se les consiente meter baza.
Y es que por momentos le sublevan a uno los metomentodo que gustan de echar basura sobre los que de buena voluntad pretenden hacer algo de provecho en esta tierra. Que se podrán equivocar, por supuesto, como nos equivocamos todos –en mi caso personal, cada día unas cuantas veces-, pero que al menos lo intentan de corazón, sin sectarismos, evitando caer en la injusticia y, en el caso de los organizadores de los Mierense del Año, sin el menor interés económico. 
Es triste comprobar que en este pequeño rincón del mundo cada vez más deshabitado haya tanto ciudadano dedicado a remar a la contra, deseoso de que nada salga adelante, que ni come ni deja comer, ni hace ni le parece bien que se haga nada sin su aquiescencia, incapaz de alegrarse del bien ajeno, del éxito de lo que aquí se promueve. 
Es de justicia felicitar a los premiados, como también lo es hacerlo a los premiadores. Son ellos los que, a pesar de todo, continúan remando en la dirección correcta. 

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA de las Cuencas el 28/2/2016

PREGUNTAS



Los abogados tenemos una norma no escrita que dice que jamás se ha de hacer una pregunta si se desconoce la respuesta. Porque ahí es donde se producen no pocos estropicios en los juzgados. Uno pregunta al tuntún, a ver si suena la flauta y el interrogado canta, y lo que suele suceder es que éste sale por peteneras o empieza a largar por esa boquita haciendo que toda la estrategia se venga abajo. ¿Por qué pasan esas cosas? Por preguntar.
En la calle viene a ocurrir algo parecido. Si ya la gente es dada a entrometerse y opinar sobre lo ajeno sin ser preguntada, no les digo nada si uno comete la torpeza de dar pie a ello. Recuerdo que hace años era costumbre enseñar la casa a las visitas. Aquí el lavabo, aquí el balcón, aquí el jarrón que nos trajimos de Talavera. Pues el caso es que una señora giró la correspondiente visita a la casa de mi madre, escaleras arriba, escaleras abajo y al final, torpe de mi que acababa de llegar, no se me vino a la cabeza peor idea que preguntar qué le parecía la vivienda. En buena hora. La señora en cuestión entró en una especie de trance decorativo y ocupó la siguiente e interminable hora al detalle de todo lo que haría en aquel lugar, qué cambiaría, qué podría aquí, que quitaría allá. Una hora de reloj. Cuando por fin se fue, corrimos todos a administrarnos aspirinas mientras mi madre no hacía más que repetirme: “pero tú, ¿para qué preguntas?” Y aprendí la lección. Nunca más. Bien es cierto que son multitud los que le cuentan a uno su vida sin necesidad de preguntar. El otro día, un individuo al que sólo conozco de vista se me vino encima para poner a parir a la nuera y a sus consuegros. Eso sin preguntar, como consecuencia de un leve gesto de saludo al cruzarnos en la calle. Te preguntarás qué estoy haciendo aquí. En absoluto; es más, ni me había fijado (voz interior). Pues te lo voy a contar. Uy, qué prisa tengo. Te acompaño y te cuento. Hombre, no me jorobes. A quién maté yo para merecer semejante condena  (la voz interior nuevamente). ¿Tú sabes quién es mi consuegro? Verás…

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA de las Cuencas el 24/2/2016