miércoles, 14 de marzo de 2012

NO LES INTERESAMOS

Les aburrimos. Mientras en el parlamento alemán se debatía el rescate de Grecia, el ministro de finanzas germano mataba el tiempo haciendo sudokus, una actividad que, por lo visto, a ese señor le interesa más que el porvenir de un país entero. Total, qué más da: son sólo griegos. Si fueran de los suyos igual prestaba un poco más de atención.
Y es que parece que no les interesamos gran cosa. Sí, vale, los del sur de Europa somos útiles como consumidores de sus productos, tenemos cierta gracia cuando nos ponemos de fiesta y para tomar el sol inflándose de cerveza no hay como nuestras costas. Pero, por lo demás, resultamos un tanto molestos. Somos gritones, folloneros, desordenados, poco disciplinados, y ahora, para colmo, nos comportamos como plañideras para que nos presten su pasta. La pasta que previamente ganaron vendiéndonos sus coches, lavadoras, trenes de alta velocidad y pasillos mecánicos para los aeropuertos vacíos. Porque nuestra chifladura tuvo unos cuantos beneficiarios. Uno de ellos, y principal, Alemania.
Significativo es el caso de las empresas alemanas radicadas en las Cuencas. A Thyssen, por ejemplo, le cedimos una parcelita, la pusimos guapa, incluso llegamos a cortarle el césped. Máximas facilidades para su asentamiento. Sin embargo, después de todo este tiempo, la involucración de la empresa germana en nuestra sociedad ha sido y continúa siendo nula. Ni un patrocinio, ni una colaboración, ni una muestra de gratitud. Al contrario de lo que suele suceder en su país de origen, donde todo es poco con tal de que los logos empresariales luzcan en los acontecimientos sociales y deportivos. A nosotros, simplemente nos ignoran. Somos útiles mientras regalemos suelo industrial, no protestemos y, además, compremos lo que producen. Pero de relacionarse, ni hablar.
El gran reto de Europa es lograr unir en lo fundamental a gentes de lo más diversas. Pero nunca seremos alemanes, aunque a fe que lo intentaron, ni viviremos como ellos, ni entenderemos la vida a su manera. Y es un despropósito pretender un todo uniforme desde el Ártico hasta el Mediterráneo, bajo un mando único. En este viaje todos sabemos hacer alguna cosa bastante bien y todos somos capaces de cometer graves errores. Todos. Incluso Alemania.


Publicada LNE 13/3/2012

PASARSE DE FRENADA

El presidente de Mercadona, orgulloso por encabezar una de las empresas más solventes, dinámicas y avanzadas de España, se vino arriba para acabar patinando en su comparecencia ante los medios de comunicación.
Es admirable que la compañía levantina sea capaz de obtener pingües beneficios en un contexto económico tan complicado como el actual, y conciliar a un tiempo los rendimientos con el respeto a las condiciones laborales de su plantilla. No en vano, Mercadona lidera el escalafón de contrataciones indefinidas, modalidad casi tan rara como los billetes de 500 €.
Sin embargo, llevado por la emoción del momento, el señor Roig puso como ejemplo de cultura de esfuerzo a los chinos que han venido a España a ganarse la vida. Y se pasó de frenada. Porque nadie duda de que los chinos se esfuercen y que sean laboriosos pero, ¿a cambio de qué? ¿Sueldos miserables y horarios infinitos? ¿Sometimiento incondicional?
Tiene su gracia que los chinos aspiren a hacer fortuna para poder vivir como occidentales mientras que entre los nuestros los haya con la pretensión de que trabajemos como chinos.
A ver si me explico: el trabajo ha de ser una parte de la vida, pero no la vida en sí. Consagrar la existencia a apretar tornillos, redactar demandas, coser pantalones o cargar palés de yogures es absurdo, un completo desperdicio. Hemos de trabajar para vivir y no a la inversa. Porque vivir para trabajar sólo conduce a la creación de dos niveles: los que sólo trabajan y los que se pegan la gran vida gracias a los primeros.
¿Acaso al presidente de Mercadona le gustaría llevar la vida de un comerciante asiático, anclado día tras día al negocio, sin horas, sin fiestas, sin descanso? Y si para ser competitivos hay que imitar a los chinos, ¿vale la pena? ¿No hay soluciones que no pasen necesariamente por la explotación humana?
Pues claro que los chinos fabrican más barato: si los españoles copiásemos lo que inventan otros, trabajáramos a cambio de una miseria, renunciáramos a todos nuestros derechos, dedicáramos la vida entera a la empresa, sin vacaciones ni ocio, y nos conformáramos viviendo amontonados en unos pocos metros cuadrados, también seríamos más competitivos. Pero, ¿quién quiere eso?


Publicado LNE 14/3/2012

martes, 28 de febrero de 2012

GUERRILLEROS

Me entero por la tele de que en Berlín existe un grupo de guerrilleros jardineros. Sí, soy consciente de que suena raro y no se trata de un error: guerrilleros jardineros. Su lucha consiste en tomar al asalto parterres sucios, zonas verdes descuidadas, jardines abandonados y, arriesgándose a ser detenidos por la policía, hermosearlos, limpiarlos, repoblarlos de plantas y flores. Así, con estas acciones, consideran que ponen en evidencia al poder público, que le sacan los colores a la indolente e inoperante administración. A los ojos de un español normal estos tipos son unos idiotas. ¿A quién se le ocurre protestar embelleciendo las ciudades? Lo suyo es dejarlo todo hecho un asco, romper las cabinas telefónicas, pintarrajear las paredes, volcar los contenedores de basura. Lo de estos chiflados berlineses es como lo de los japoneses y sus huelgas desquiciadas.
Hace unos días, a la inefable Ana Botella se le ocurrió plantear la conveniencia de recurrir a voluntarios para atender determinados servicios, como bibliotecas, dado que a las administraciones no les alcanza la pasta para tanto empleado. La risotada general fue inmediata. ¿Trabajar gratis? Vamos anda, Anina, mira a ver qué te has tomado que te produce alucinaciones. Antes se cierra la biblioteca que pasar por semejante vergüenza.
Hace años, en un recorrido por Suiza nos contaron que se constituyen brigadas de voluntarios que dedican las mañanas de los fines de semana al adecentamiento de las rotondas de carreteras y autopistas. Las carcajadas dentro del autobús repleto de españoles pudieron escucharse fuera. “Estos suizos son bobos” –exclamó alguien y los cincuenta pasajeros reímos al unísono. Además de pagar impuestos, pasan la escoba a las cunetas. Ya saben, ese dicho tan cierto, tan español y tan malsonante de “yo, donde pago, cago” resulta incompatible con el modo de entender la vida en común más allá de nuestras fronteras. Aquello está limpio; esto lo tenemos hecho un asco. Ellos, además de ensuciar menos, limpian incluso gratis. Nosotros no tenemos miramientos a la hora de ensuciar, pero protestamos por la falta de limpieza. Para eso pagamos impuestos. Y de ayudar a cuidar los jardines, ni hablar. Hay principios por los que vale la pena morir, aunque sea rodeados de mierda.


Publicado LNE 28/02/2012

DISLEXIA

Lo mío es de nacimiento. Me traigo un lío espantoso entre la izquierda y la derecha. En clase de baile, es marcar el profesor un paso con un pie que yo arranco con el otro.  Y como la combinación de movimientos incluya un cambio de manos, garantizado que lo haré al revés. Porque soy disléxico. De leve a moderado, pero disléxico. En algún momento de mi existencia intrauterina debí de ser zurdo, algo que terminó grabándose en la sesera y que me afecta en la vida ordinaria. Porque miren que tiene gracia, que para mis funciones habituales no necesito ponerme a pensar, salvo para acertar con la izquierda y la derecha. Lo mismo le pasa a mi padre. De pequeño creía que eso de ir sistemáticamente en la dirección opuesta a la que indicaba mi madre (el navegador gps de la época), era por una cuestión de rebeldía. Hasta que descubrimos que si, además de decir “a la izquierda” señalábamos con la mano, respondía a la perfección. O no,  pero eso ya era por tocarnos las narices.
El otro día, un tipo que sabe mogollón de psiquiatría, porque, dicen, hace años leyó un libro sobre la materia, desveló el misterio que me amohína desde mi primera juventud, eso de no saber si soy de izquierdas o de derechas. O las dos cosas a la vez. “Eso ye de la dislexia, rapacín” – aseveró con una seguridad absoluta. “Lo tuyo ye de nacimiento. Y, lo peor de todo, nun tien remedio. Date por jodido”. “¿Por qué? – pregunté sobresaltado ante semejante augurio. “Porque un puntu que de natural nun sabe pa onde ta revueltu, si ye de estos o de aquellos, tienlo chunguísimo. Pa prosperar hay que arrimarse y tener los conceptos claros. Y una vez acomodau ya se pue uno confundir tó lo que quiera”.  El razonamiento me abrió los ojos de par en par. De repente, lo entendí todo. Por qué soy así y por qué otros son asá. Esa limitación tan mía a la hora de la militancia, que ni con unos ni con otros. Es la puñetera dislexia. Ahora, teniendo al menos esto claro, voy a ver si me saco una paga. Ay, qué malito estoy.


Publicado LNE 26/02/2012

¿QUÉ HACER?

Comenzaré afirmando que no tengo la menor idea sobre cómo solucionar el problema del paro. Eso sí, es evidente que la cosa no funciona, que el coche intenta avanzar con las ruedas pinchadas y que, en consecuencia, algo hay que hacer.    
¿Es la reforma laboral aprobada por el Gobierno el remedio? Pues no lo sé. La verdad, no tiene pinta pero, puesto que no soy adivino, difícilmente puedo anticipar el escenario de dentro de un par de años y afirmar categóricamente si los cambios serán para bien o para mal. El sentido común me lleva a pensar en la conveniencia de imitar la regulación de países que no padecen la lacra del desempleo. Holanda o Noruega protegen a sus trabajadores y mantienen engrasada la relación empleador – empleado, de modo que lo que le va bien a uno repercute positivamente en el otro, y viceversa. Porque la relación laboral es, por bemoles, una vía de doble dirección, una recíproca combinación de derechos y obligaciones, algo no siempre entendido en España. Y puesto que ambas partes están condenadas a entenderse, por su propio interés, en vez de jugar a estrechar la vía por un sentido o por el otro, ésta debería conservar siempre una anchura que facilite la fluidez y la seguridad para todos.
¿Qué hacen en otros países para no sufrir nuestros problemas? Por ahí deberíamos comenzar. Y dejarnos de pamplinas, de medidas pasajeras y cambios de los cambios. Necesitamos un sistema integral, un régimen laboral nuevo de principio a fin, algo que se parezca lo más posible a lo que se tienen en marcha los que saben de esto.
Y, entre tanto, me gustaría que nuestros sindicatos elaboraran su propio régimen laboral. Además de llevar años intentando, o eso dicen, alcanzar acuerdos con la patronal y de oponerse a las medidas de los diversos gobiernos, bien podrían mostrarnos su propuesta, el articulado normativo que la representación de los trabajadores españoles entiende más adecuado para combatir el paro, garantizar los derechos de los empleados y favorecer a prosperidad de nuestro sistema económico. Disponen de medios, personal especializado y experiencia –trabajando y viendo trabajar- para hacerlo. Porque, para estar o no de acuerdo con ellos, necesitaría conocer sus soluciones.


Publicado LNE 25/02/2012

miércoles, 22 de febrero de 2012

EL FINAL

Esta vez va en serio. Anteriores vaticinios se caían por su propio peso, pero en esta ocasión todo indica que deberíamos dejar de tomárnoslo a cachondeo. El mundo se acaba el próximo 21 de diciembre. No llegamos ni a la lotería de Navidad. Lo dijeron los mayas hace un porrón de años y, vaya usted a saber por qué, van a estar en lo cierto. Y a las pruebas me remito. Que el augurio provenga de una extinta civilización no tendría mayor relevancia, a no ser que en la actualidad haya claras evidencias que lo ratifiquen. Y entre todas ellas, una fundamental e incontestable: los bancos han dejado de conceder préstamos. Eso sólo puede significar que saben de buena tinta –y la calidad de su información suele ser de primera- que todo se acaba, que el planeta está en las últimas. En consecuencia, la gente no va a devolver los créditos. No es que el sistema financiero internacional esté reseco ni que la banca esté utilizando los fondos públicos para sanear sus cuentas; tienen la certeza de que el 21 de diciembre se irá todo al carajo y los banqueros están haciendo lo que mejor saben hacer: quedarse con toda la pasta por si en el más allá hiciera falta liquidez y pueden volver a hacer negocios. Por ello, además de su propio dinero, que no es poco, se están quedando con el nuestro. Y con las escrituras de los pisos.
Es la prueba irrefutable del inminente final. Así que, señoras y señores, como es inútil luchar contra el terco destino, olvidemos el futuro y aprovechemos lo que nos queda de existencia. La crisis es una pamplina. Qué sentido tiene asegurar que a partir de 2013 comenzaremos a salir de ella si para entonces no seremos más que polvo de estrellas. A vivir, que son dos días. Ni planes de pensiones, ni propósitos más allá de la fatídica fecha. A darle caña a esta perra vida y a despedirnos a lo grande. Yo estoy decidido a tirar la casa por la ventana. Desde luego, aquí no voy a dejar nada. Me lo fundo y en diciembre trasciendo sin un céntimo. Total, supongo que no habrá que pagar peaje, digo yo.


Publicado LNE 22/2/2012

TRUCO

La misma joven que atendía la recepción del hotel a las dos de la tarde, a las seis acompañaba a los huéspedes recién llegados a sus alojamientos. Y la camarera que llevaba el obsequio de bienvenida a las habitaciones también atendía el bar y el servicio del salón contiguo.
Por la noche, a partir de las nueve, ambas se ocupaban de las catorce mesas del comedor. Dos turnos de cenas, además del bar y la recepción. Dos personas para todo eso. Con razón tenemos un nivel de paro bestial.
Recuerdo que en un viaje por el extranjero hicimos noche en un hotel de una cadena española. Fue el único escaso de personal, curiosamente. En los restantes, las plantillas eran abundantes. Y el hotel español no era más barato.
Si, por ejemplo, comparamos el personal habitual de una sidrería media asturiana y el de una cervecería bávara de tipo medio, en la segunda hay el doble de trabajadores que en la primera. Pero los precios no son superiores.
La misma situación es extrapolable a todo tipo de empresas y negocios. Aunque, sorprendentemente, no hay diferencias de precios que justifiquen lo que ocurre. Lo que uno compra allá cuesta más o menos lo mismo que aquí, los sueldos de allá son bastante más altos y, sin embargo, no verán tiendas barridas de dependientes ni cafeterías atendidas por un único camarero. ¿Cómo se las arreglan? Lo desconozco. ¿Cómo es posible que un empleador español deba obrar milagros para pagar a menos trabajadores de los que realmente necesita mientras que a uno francés o alemán le llega y le sobra?
Tiene que haber truco. Un truco que nosotros desconocemos pero que, mientras no seamos capaces de averiguarlo, nos condena al desempleo masivo.
Lo entendería si las diferencias de precio entre España y el resto de Europa fueran grandes. Pero hoy en día no es así. Es más, hay bastantes posibilidades de comer en un pueblo francés por menos dinero que en uno español, por ejemplo. Y con el doble de personal en el restaurante.
Aquí lo tenemos tan mal montado que llegamos a la estúpida situación de que el trabajador es una carga para el empresario. Y ambos, enemigos.


Publicado LNE 19/2/2012