jueves, 3 de septiembre de 2015

SUPERSTICIONES



No soy supersticioso. Para nada. Pero desde hace 18 años viajo siempre con la misma camiseta. La camiseta de la suerte. Desde que forma parte de mi equipaje, ni un vuelo cancelado, ni una reserva traspapelada, ni una maleta desaparecida, ni un plantón en el aeropuerto, ni una avería, nada. Siempre como la seda. Y, lo se, nada tiene que ver con la camiseta pero, por si las moscas, se viene conmigo. Y eso que no soy supersticioso. Pero es que ante la duda, a la maleta, no vaya a ser que desatemos el mal fario. Total, ocupa poco y no es mal recurso cuando el resto de la ropa pide jabón a gritos. Y si, además, por el motivo que sea, mantiene a raya a la desgracia, por qué dejarla olvidada en el cajón. Y he descubierto que si a la hora de acostarme tiro los calcetines en el suelo junto a la cama, en vez de en el tambor de la lavadora, aseguro que no sonará el teléfono durante toda la noche, evitando esas llamadas de madrugada que nunca anuncian algo bueno. Santo remedio. Es como si el destino se diera cuenta de que duermes en estado de alerta, listo para saltar de la cama y vestirte en cuestión de segundos, y te deja en paz. Porque el destino es así de puñetero. Y aunque no soy supersticioso, para qué andar provocando. Los calcetines junto a la cama y a dormir a pata suelta. Como las corbatas de los juicios. Porque hay corbatas y corbatas. Y las hay que funcionan estupendamente en los juicios, como también las hay que, como te la pongas, palmas fijo. Y no es cuestión de superstición pero si con la azul y verde te lo llevas de calle, para qué arriesgar con esa malva tan fina, que cada vez que la pones te atizan detrás de las orejas. Esa, para otras ocasiones. Que no digo yo que lo de ganar o perder juicios sea cosa del color de la corbata pero, en fin, pudiendo elegir... Pero, vamos, háganme caso y no se dejen influir por las supersticiones, porque carecen de fundamento y van en contra de los más básicos principios racionales. Pasa como con las meigas. 

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS el 5/8/2015

martes, 1 de septiembre de 2015

CAMINANTES



En Villamoros –un nombre políticamente incorrectísimo en estos tiempos- la pista del Camino de Santiago discurre justo al lado de la carretera nacional. En ese punto en el que los coches reducen la velocidad para atravesar el pueblo, da tiempo a observar a los sufridos caminantes. El sol es inclemente con ellos, que buscan alivio en las sombras de las casas. Veo un grupo disperso, como desparramado, en el que cada uno camina a su ritmo. Por lo rubios y altos que son parecen nórdicos. Y tienen la piel de la cara al rojo vivo, del color de los cangrejos cocidos. Avanzan casi por inercia, por la urgente necesidad de llegar a León y meter los pies en agua fría. Me fijo en el último de la comitiva, delgado como un junco y doblado como un arco por el peso de la voluminosa mochila que carga a la espalda, en la que baila un par de recios zapatos colgados por los cordones. El caminante se apoya en un largo bastón de madera y con la mano libre mueve el sombrero tratando de defenderse mejor del sol. Paso lentamente a su lado y nuestras miradas se cruzan. Yo, cómodamente sentado y sintiendo el agradable frescor que sale de las toberas de ventilación. Él, sofocado, sudando la gota gorda, con los pies doloridos, arrastrando la fatiga acumulada de los kilómetros en las piernas, con los hombros castigados por el peso del equipaje. Sin embargo, a pesar del calor, de las heridas, de las incomodidades, del enorme esfuerzo y de lo que aún le queda por delante hasta alcanzar la meta, estoy seguro de que no se cambiaría por mí. Y, curiosamente, yo sí que me cambiaría por él en ese mismo instante. Toma el coche y dame la mochila, que ya continúo yo. Le voy perdiendo de vista y me sorprendo de las rarezas que tiene la vida; suspiramos por todo tipo de comodidades, huimos de los esfuerzos, nos aterran el dolor y el sufrimiento, soñamos con el confort absoluto pero, al mismo tiempo, surge el deseo de caminar 800 kilómetros a la intemperie. Continúo mi ruta cómodo y fresco. Dejo atrás al caminante de paso cansado, castigado por el calor, con los pies hirviendo, feliz.  

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS el 1/8/2015

lunes, 31 de agosto de 2015

LLORARES



Hace dos meses que nos dejó y hoy, a la mesa del comedor de la casina de Villorquite, le estamos llorando. Pero van siendo unas lágrimas distintas, no tan dolorosas, si bien la herida aún está lejos de haber cicatrizado. Un insustituible marido, el mejor padre, un suegro irrepetible. Pero los tres sentados a la hermosa mesa de nogal coincidimos en que se nos fue un ser humano tremendo, un médico en el sentido humanista del término, un médico sabio, un médico estudioso, un médico vocacional, un médico que por encima de todo situaba al paciente, quedando lo demás en un plano secundario, desde los horarios hasta el dinero. En definitiva, un médico. Y recordamos cuando el albañil que le cobraba por hacerle un cuarto de baño o el carpintero que también le cobraba por los armarios empotrados se sentaban a su mesa para perdirle consejo y ayuda, por los que él no cobró ni un duro jamás. Y encima siempre daba en el clavo, no por casualidad sino debido al extraordinario ojo clínico desarrollado gracias a la amplia experiencia profesional y a un infinito deseo de saber. 
Se me cae una lágrima recordando sus monotemáticas escapadas a Madrid. Mientras yo iba y venía de acá para allá en la capital, él se enclaustraba en el quirófano de un gran hospital para empaparse de las últimas técnicas o se pasaba la tarde ojeando pesados volúmenes en las librerías médicas. 
Y nos vienen a la cabeza decenas de anécdotas de mi padre relacionadas con la medicina. Y lloramos incluso entre risas, con las imágenes de presentes y ausentes, escenas dramáticas y profundamente cómicas, siempre presididas por el médico. Porque mi padre, además de mi padre era médico. Es más, era tan médico que no me parecería mal que lo de padre no estuviera en el mismo rango, que no fue el caso. Pero es que jamás he conocido a un médico tan médico. Y he conocido muchos. 
Los tres sentados a la mesa, con los ojos húmedos pero el gesto alegre, nos volvemos a mirarle en una de sus últimas fotos tomadas en el jardín de la casina de Villorquite, le decimos lo mucho que le queremos y sentimos que ahora su recuerdo nos impulsa. Hoy comienza a ser un llorar distinto. 

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS el 7/8/2015

miércoles, 15 de julio de 2015

2000




Vuelvo a estar de celebración. Esta es la columna número 2000, según marca el ordenador. 16 años escribiendo en este periódico. Son cifras que me producen cierto vértigo pues, por una parte, desconocía que tuviera 2000 cosas que contar y que fuera capaz de ponerlas en un papel; por otra, porque el tiempo ha pasado a la velocidad de un cometa. Un parpadeo y volaron 16 años.
Los que me honran con su lectura saben cómo llego a la 2000: anímicamente herido de gravedad, afectado tras haber cruzado la frontera del medio siglo, llorando la ausencia de mi padre y preocupado por los que quedamos aquí, un tanto maltrechos. Pero, aunque más espaciadamente, aún con ganas de sentarme a escribir. Y seguramente menos actual y más sentimental, poniendo distancia con la realidad para buscar refugio en el fondo de uno mismo.
Sé que he de recuperar el paso, retornar a la realidad y desenterrar el humor. Pero lo cierto es que me ha sorprendido la respuesta recibida ante la temática personal e intimista hacia la que he derivado en esta última etapa, por los motivos ya conocidos. Son muchos, más de los esperados, los que me manifestaron agradecimiento y comprensión, los que reconocieron haberse emocionado, los que sintieron propias las líneas escritas. Los que cuidan a su madre enferma, la que enviudó, el nieto que se quedó sin abuelo, la que ya no tiene a su lado a su hermano del alma, viven unas experiencias interiores únicas y, a un tiempo, comunes. Y, según me cuentan, las vieron reflejadas en mis palabras; unas palabras surgidas desde lo más hondo del corazón. Sepan ustedes que hay pocas cosas más gratificantes para el que escribe que apreciar que es capaz de conectar en ese nivel de intimidad con el lector.
Quién sabe; quizá ya hay suficiente actualidad y opinión política en un periódico y es posible que exista un sector de lectores que busca algún rincón más personal. Lo cierto es que, a día de hoy, siento que teclear acerca de mis cosas, sobre lo que me duele y me alegra, de mis sentimientos a menudo confusos, me satisface mucho más que sacarle punta a las noticias diarias. Para eso ya hay muchos y competentes columnistas. En fin, como pueden comprobar llego a la columna 2000 cargado de dudas. Espero saber despejarlas. 

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS el 15/7/2015

jueves, 9 de julio de 2015

LA AUSENCIA



Me habían hablado de ella, pero jamás imaginé que pudiera ser un sentimiento tan potente. Estoy sentado en un escalón del mirador del faro del Cabo Busto, de espaldas al mar, al que oigo golpear contra la piedra. De mi mochila extraigo una botella de agua para mitigar el calor veraniego. Traigo los ojos cargados de la belleza del camino, de los verdes y los malvas, de los azules marinos y los celestes aéreos. Y, al suspirar, desconozco cómo, vuelvo a percibir su ausencia en todo mi ser. Es un vacío que me resulta de difícil descripción. Es que te falta tanto, tantísimo, alguien que es como si faltase uno mismo. Es una fría oquedad en mi interior. Y me veo incapaz de contener las lágrimas.
Sabía que iba a ocurrir. Era consciente de lo inexorable del final. Es más, imploré, como él, que ocurriera. Estábamos listos. Lo esperábamos. Y recorrimos el último trecho del mejor modo posible. Finalmente, tal como estaba previsto, ocurrió. Y, dentro de lo malo, ocurrió bien. Pues resulta que hoy, cuando ya ha volado más de un mes, nada de ello es consuelo. Y su ausencia no deja de crecer. Porque le intuyo tras una puerta, porque me parece oír su voz, porque escucho el sonido de sus zapatillas arrastrándose por el suelo, porque le recuerdo vivamente acostado en aquella cama, en aquel hospital en el que descubrí el infinito placer de cuidar a un ser querido, porque daría lo que fuera por poder seguir haciéndolo. Lo que fuera.
Es curioso: en sus últimos años él me necesitó a mí. Hoy yo le necesito a él, aunque sea para llevarle la cuchara a la boca, acariciarle el pelo y oírle refunfuñar. Soy consciente de lo que me está pasando, que estoy atravesando un periodo duro y delicado, eso que llaman duelo, que es absolutamente natural. Y quiero suponer que con el paso del tiempo la tremenda herida que llevo dentro cicatrizará, si bien el dolor no desaparecerá del todo. Sin embargo, aún sabiéndolo, no puedo evitar asustarme ante mi indefensión frente a la catarata emocional que se me ha venido encima. Y es que, a pesar de conocer el final del libro, no estaba preparado para darle la vuelta a la última página y cerrarlo.

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA de Las Cuencas el 9/7/2015

lunes, 29 de junio de 2015

MADE IN




Vuelve mi tía Pilar de Covadonga absolutamente emocionada. Un día de una claridad total, de cielos azules, de refrescante aire del nordeste. La cueva, la Virgen, la basílica, los lagos, les vaques, todo. Ella, que vive en Las Palmas, está sobrecogida por nuestra naturaleza espectacular y frondosa, por los valles y los picos, los prados y las playas, los escarpados acantilados y las suaves colinas. Y la comida. Qué rico está todo. Qué olores. Qué sabores insuperables. Y me muestra orgullosa su adquisición en el Real Sitio. Una pequeña medalla de nuestra Virgen con la letra del himno y la pera limonera. Made in Canadá. Tiene bemoles que los suvenires del lugar más representativo de Asturias estén fabricados fuera. Ni eso somos capaces de hacer. De la sidra, el líquido y gracias. Ni los cascos de vidrio, ni los corchos, ni nada más. La mayoría de los centollos, del Mar del Norte. Chapa, la que quieras, por kilómetros, pero ni una lavadora, ni un coche, ni una lata. Ni equipamiento de minería. Ni aperos de pesca. Ni material de montañismo. Ni calzado para pisar nuestros senderos. Ni paraguas. Ni envases para conservar las delicias que brotan de nuestro suelo. Siempre fuimos de sector primario y de ahí no nos saca nadie. Empleados y nada más que empleados. Eso del valor añadido, el riesgo empresarial, la iniciativa privada, no va con nosotros. Ahí están Covadonga y su Virgen galana. Guapo, guapo, requeteguapo. Pero que los recuerdos los hagan los canadienses, los chinos o quien sea. Menos los asturianos. Hasta ahí podíamos llegar. A verlas venir estamos más a gusto. A ver si nos cae algo. Y a quejarnos de lo que no llega. De lo que no hacemos, que es prácticamente todo, mejor callar. 
No le digo nada a mi tía Pilar. No es plan de pincharle el subidón de Covadonga que trae. Qué importancia tiene de dónde venga la medallita de marras. Pequeñina, galana y canadiense. Son las curiosidades de la aldea global. Que inventen otros; que curren los de fuera; que fabriquen los extranjeros, que madruguen los de ojos claros y lenguas ásperas.  Lo nuestro es otra cosa. No se sabe qué, pero otra cosa. 


Publicado en La Nueva España de Las Cuencas el 28/6/2015

jueves, 11 de junio de 2015

LA PARTIDA




Y finalmente, una plácida mañana de fina y suave lluvia, validó su billete para emprender el Gran Viaje. Y se marchó dejándonos la sensación de continuar entre nosotros, de permanecer silencioso al otro lado de la habitación, de aún ocupar el centro del sofá, de flotar en el pasillo. Aquella húmeda y gris mañana murió él y, en parte, morí con él sintiendo la amputación causada por un cuchillo de seda, incruenta, indolora en lo físico, pero amputación al fin y al cabo.
Por más que uno lo espere, por más que el final sea inminente e inevitable, la partida impacta en la línea de flotación causando un tremendo balanceo que acabaría echándolo a uno al suelo de no hallar algo a lo que aferrarse. Yo me aferré a su recuerdo; y más aún, al digno, delicado, atento y cariñoso cuidado que recibió en el Sanatorio Adaro; y al núcleo duro de esta familia, que acude al rescate a modo de puntal del edificio que se tambalea; y a las decenas de personas que quisieron dedicar un tiempo de sus vidas a consolarnos; y a los amigos venidos de muy lejos para abrazarnos; y a los que estaban de corazón, a los que sentimos a nuestro lado.
La mañana del lunes, a la salida del cementerio, una vez todo concluyó, me embargó un cálido sentimiento de tranquilidad, de haber hecho las cosas bien, de haber despedido a mi padre como se merece. El profundo vacío interior se suavizaba gracias a la sensación del deber cumplido.
No hubo dramas ni gritos de dolor. Hubo lágrimas de emoción, alegrías de reencuentros, risas de anécdotas y un inmenso respeto hacia el viajero que acababa de partir. Hubo miles de besos y abrazos sinceros. Hubo compañía. Hubo manos sobre nuestras espaldas que nos daban impulso. Tengo la seguridad de que hasta el viajero está gratamente sorprendido de la reacción que provocó su partida. Y eso me reconforta y me ayuda a seguir. Ahora, en esta estación somos uno menos y cada cual con su billete pendiente de validación. Mientras aguardamos el momento nos ayudaremos para que la espera sea llevadera.
Por último, quiero manifestar mi infinito agradecimiento a todos vosotros, que sabéis quienes sois, que aquí o allá, cerca o lejos, dedicasteis un momento a observar aquella luz que fue alejándose en el cielo.  

Publicado en LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS el 11/6/2015