miércoles, 9 de enero de 2019

ANCIANOS



Dice Joan Manuel Serrat que le entristece mucho el trato que nuestra sociedad dispensa a los ancianos. Cuánta razón tiene. Los olvidados, los manipulados, los arrinconados. Observados por la clase política como una manada hambrienta de lobos vigila un rebaño de ovejas. Considerados estorbos, un gasto, una carga. Engañados, utilizados para luego ser ignorados. Me trae a mal traer comprobar de qué modo tan despreciable se les mantiene en permanente estado de susto, cuando no de miedo. Las pensiones, los medicamentos, las residencias, los hospitales, lo que sea con tal de que el viejecillo se aterrorice y vote en el sentido interesado. Ojo, que vienen los fachas. Cuidado, que vuelven los rojos. No hay derecho. Una sociedad digna y humana no puede tolerar algo así. Lo que merecen nuestros ancianos es seguridad, amparo y agradecimiento. Gracias a ellos estamos aquí. Son los que levantaron un país destruido, atrasado y pobre. A ellos les debemos que España esté hoy en el grupo cabecero del desarrollo. Es intolerable que un abuelo se vaya a la cama temiendo no cobrar la siguiente pensión o preocupado por no recibir atención sanitaria. Y esos mensajes catastrofistas de “como vengan éstos os vais a enterar” o “yo soy el único que garantiza tu futuro”, rozan lo delictivo. El primer gran error que estamos cometiendo, y ya pagando, es despreciar el saber y la experiencia que otorgan los años. Eso de que “como eres viejo ya no sirves” es una equivocación mayúscula cuyos efectos son claramente perceptibles. Ser joven no es ningún mérito. Haber llegado a la ancianidad conservando el bagaje de conocimientos adquiridos durante toda una vida, sí que lo es. Sin embargo, no les escuchamos, cuando en sus “batallitas” se concentra la sabiduría. Porque ellos ya pisaron el camino por el que hoy transitamos. Sí, es diferente, más moderno, pero conduce al mismo lugar y las dificultades son similares. Tiene usted razón, señor Serrat, duele lo que estamos haciendo a los ancianos. Duele por ellos y por lo estúpidos que somos.

LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS 30/12/2018

MALOS HUMOS



O sea, 25 euros en peajes entre el Huerna y Adanero y Manuela Carmena me impide llegar a Madrid. Lo sé, ya me declaré partidario de abandonar el motor de combustión porque los que saben de esto aseguran que el futuro va por otra parte, pero, oiga, paso a paso, sin atosigar, dando un poco de tiempo para hacernos a la idea e ir preparando la despedida de nuestro sufrido automóvil. En su momento fue una adquisición más que recomendable, como los acumuladores de tarifa nocturna. La madre que los parió. Todavía se me permite circular por las carreteras españolas. Es más, soy muy bien recibido en los peajes. Y me cobran una suma considerable en concepto de impuestos. Pero ahora a los mandamases les ha dado por decir que mi coche viene a ser como Chernobil con ruedas. Y tampoco es eso. En la ITV me miran malamente, y supero brillantemente las pruebas hasta que llegamos a la medición de gases. Suspenso. Y no me queda otra que llevarlo a hacerle algo parecido a una limpieza intestinal, esas lavativas a las que algunos se someten para lucir un colon inmaculado, pero para motores diesel. Lo aspiran por los adentros y sale sin un mal humo. Aprobado. Pues a pesar de haber superado y abonado los obstáculos, en llegando a las afueras de la capital, la ordenanza capitalina de tráfico obliga a buscar un hueco para aparcar en las afueras y un transporte público que te acerque al centro. Porque no hay pegatina de calificación ecológica que se adhiera a mi parabrisas. Y como se te ocurra adentrarte más allá del Arco de La Moncloa, las fuerzas carmenitas te disparan a discreción. Y los 25 euros de los peajes te parecen la propina. Es como pagar para ir al teatro y que no te permitan pasar del vestíbulo. Porque dicen que expeles humos altamente perjudiciales. Y la iniciativa se va a extender, ya lo verán. En una de estas no me dejan ni salir de la cochera. 

LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS 26/12/2018

SINSENTIDO COMÚN



Háganme caso: a los españoles nos falta un hervor. O, si lo prefieren, “una patatina para el kilo”, que dice Elena. Las noticias nacionales que nos llegan cada día lo demuestran. Qué gallinero. Las escenas que se están produciendo en Cataluña confirman que en la sesera colectiva tenemos algún cable pelado. No somos normales, está claro, y el Congreso de los Diputados es reflejo de ello. Y las reacciones sociales son cada vez más disparatadas e insensatas. En definitiva, todo parece indicar que el sentido común ha desaparecido. Y recientemente hemos conocido una prueba más: desde la entrada en vigor de la ley antitabaco ha aumentado el número de fumadores. Fenomenal. Podemos estar orgullosos. Cada vez ganamos menos, a la mayoría de los que tienen la suerte de estar empleados le pagan un sueldo de mierda y son millones los condenados a sobrevivir con muy poco dinero. Y, pese a ello, hay un volumen creciente de españoles que se gasta la pasta comprando tabaco. Es una genialidad económica. Yo logré desengancharme, con muy poquito esfuerzo, hace veinte años. Y hoy, cada vez que miro el precio de una cajetilla, doy gracias al Altísimo. Menudo ahorro. Pero no todo va a ser malo: la necedad fumatoria hispana le ha venido de perlas, además de a las multinacionales del sector y a las arcas públicas, al negocio de la hostelería de exterior, al terraceo, que hoy se practica aunque caigan chuzos de punta con tal de poder fumar. Y lo que ya es de “cum laude” es que las mujeres hayan superado a los hombres en el consumo de tabaco. Extraordinario. A veces, el feminismo se manifiesta de formas sorprendentes. Y esta, sin duda, lo es. Ellas ya tosen por las mañanas tanto como ellos. O más. Y eso a pesar de la insultante brecha salarial, lo que supone un mérito añadido. Ganan menos y fuman más. Admirable. Quizá es que aspiran también a igualar la expectativa de vida masculina. Quién sabe.

LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS 24/12/2018

martes, 8 de enero de 2019

ARRIBA Y ABAJO




La francesa es una sociedad viva que periódicamente recuerda a los de arriba que el poder reside en el pueblo. Porque la clase política tiene tendencia a olvidarlo. En consecuencia, tras unos cuantos avisos ignorados –la necedad humana es infinita-, no queda más remedio que echarse a la calle y montar el follón allá donde el poder no puede obviar que existe un problema: en el mismísimo centro de París, para que la burguesía acomodada que reside en los hermosos apartamentos de los primeros distritos, compra en los almacenes del bulevar Haussmann y luce palmito en los Campos Elíseos vea interrumpida su confortable cotidianidad. Porque hay que recordar de vez en cuando que Francia es Francia gracias al esfuerzo de los de abajo, de las clases baja y media. Y entonando La Marsellesa se visten el chaleco amarillo y salen a hacerse oír. Si por las buenas no es posible, pues no queda otra. Eso, o rendirse. Y se ve que razón no les falta cuando el Presidente de la República se ve obligado a comparecer públicamente con cara de Calimero para reconocer que, efectivamente, a los de arriba se les volvió a ir la mano y los de abajo tienen el cabreo que tienen con motivos. Hora de devolver al primer plano del pensamiento que para que unos lo pasen mejor, otros, muchos, lo están pasando peor. Eso es sociedad civil: agricultores, obreros, estudiantes, desempleados, autónomos, en definitiva, los que hacen que un país se mueva, unidos por una causa justa. Sí, por supuesto, siempre habrá infiltración de los profesionales de la bronca y la destrucción, pero ello no debería desenfocar el fundamento de la protesta. Cuando oigo hablar de un movimiento ciudadano independiente pienso en la dificultad de que esto pueda suceder en España, con todo politizado, desde la escuela al geriátrico. Aquí tenemos más motivos que los franceses para, con cierta frecuencia, darle la patada a la mesa y levantar la voz. Pero aún no sabemos hacerlo sin que alguien, interesadamente, nos impulse. 

LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS 16/12/2018

jueves, 20 de diciembre de 2018

SECUELAS PERMANENTES




¿Qué es lo peor que le puede pasar a un país? Pues una guerra civil. Las agresiones extranjeras, las catástrofes naturales y los accidentes masivos suelen tener la capacidad de unir a los miembros de una sociedad para luchar contra el agresor, abordar la amenaza o recomponerse tras el destrozo. Pero la guerra civil es el enfrentamiento intestino, el odio entre iguales, la división llevada hasta la muerte. Y eso es lo que le ocurrió la España. La enfermedad más grave que puede sufrir un cuerpo social, tanto que, de sobrevivir, deja unas secuelas importantes y permanentes, entre las que destaca la partición entre vencedores y vencidos, una fractura que nunca vuelve a soldarse debidamente. Todos los ejemplos de guerras civiles muestran estos daños que no se superan por completo, si bien un propósito mayoritario de conciliación tras el conflicto los matizan. Por ejemplo, siglo y medio después Estados Unidos mantiene visibles las cicatrices de su enfrentamiento entre el Norte y el Sur. Aprendieron a vivir juntos, pero la herida ahí está. Las luchas internas entre los rusos quedaron resueltas con el aplastamiento y exterminio del bando perdedor. En el inmenso reloj de arena de la historia, no han caído más de tres o cuatro granos desde que en abril de 1939 se disparó la última bala de nuestra Guerra Civil, a la que siguió un prolongado periodo “ajuste de cuentas” y privación de libertad que desembocó en el voluntarioso abrazo de reconciliación que constituyó el fundamento de la Transición. Es muy poco tiempo. Y la sutura que intentaron los directamente implicados – y víctimas – de la tragedia ha tardado poco en abrirse de nuevo. Y así continuaremos generación tras generación. Porque “las dos españas” aún no están en disposición de convertirse por las buenas en una sola. De hecho, a día de hoy parece más probable que de dos pasemos a más españas incompatibles. Porque la unión cordial y solidaria bajo una misma bandera no se cultiva, no se enseña, no se intenta, no se trabaja. 

LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS 10/12/2018

miércoles, 5 de diciembre de 2018

ESCORAS



Los estudios sociológicos que he leído coinciden en señalar que la inmensa mayoría del electorado español se sitúa en el centro ideológico. Y, si acaso, con una suave inclinación hacia la izquierda. Pero como esto viene a ser como una manta que cubre la cama, a la que se nos va la mano estirando hacia un lado, el otro queda al aire. En la política patria se nos va esa mano. El centro-derecha español ignoró el modo mayoritario de pensar, rodó hacia el despiadado ultracapitalismo, insistió en las privatizaciones, en “hacer caja”, abandonando a su suerte a buena parte de la sociedad mientras unos cuantos se hacían inmensamente ricos. Entonces, la gente se cabreó, surgió el 15-M y cobró fuerza una extrema izquierda minoritaria. Después, el centro-izquierda volvió al poder apoyado por movimientos muy alejados del sentimiento español y partidarios del despedazamiento del país. Por si ello fuera poco, retomó con intensidad el mensaje anti eclesiástico que con frecuencia se pasa de frenada y agrede injustamente a la comunidad católica – más de dos tercios de la población -, al “franquistas”, al “fascistas”, al marcado y etiquetado de lo políticamente correcto. Pues, como era previsible, con la manta arropando el lado izquierdo de la cama, la derecha radical sale a la luz. Y ahora vienen los sustos, las manos a la cabeza y las infantiles pataletas. En España, los extremos son la consecuencia de las salidas de madre de los centros, que consiguen irritar a parte del censo, que se desliza hacia los costados. Y se produce la escora. Primero, hacia la izquierda. Ahora parece que toca a la derecha. Porque ya hay un número significativo de votantes hasta la coronilla: de independentistas, de escuchar que hay que entregar al Islam la mezquita-catedral de Córdoba y pedir perdón por la Reconquista y el Descubrimiento de América, de progresistas que viven y roban como potentados, de lecciones de lengua y ética, de que digan que ser y sentirse español es carca y antidemocrático… Y pasa lo que pasa. 

LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS 5/12/2018

lunes, 3 de diciembre de 2018

DESORDEN




Jean Paul Sartre dijo que “el desorden es el mejor servidor del orden establecido porque toda destrucción confusa debilita a los débiles, enriquece a los ricos y aumenta el poder de los poderosos”. Ahora, si me hacen el favor, echen un vistazo al panorama general. ¿A quién favorece este descontrol? ¿Quiénes sacan tajada? ¿Recuerdan lo del río revuelto? Si tenemos una clase política que defiende lo que defiende, que no son precisamente nuestros intereses, siguiendo las palabras de Sartre, el actual barullo adquiere pleno sentido. Claro, y en este revoltijo, la reacción del común de los mortales es “Virgencita, que me quede como estoy”, con lo que el trabajador se conforma con que no lo echen a la calle, el jubilado respira aliviado al cobrar su miserable paga, no vaya a ser que se la quiten, y todos nos amarramos a lo que nos queda renunciando a la exigencia de lo que nos pertenece y no recibimos. Porque el mundo y la España que se muestran están patas arriba y vivimos bajo múltiples amenazas llegadas por tierra, mar y aire. Pero, curiosamente, los estudios revelan que en medio de este “fregao”, los ricos son cada vez más ricos. ¿Cómo es posible? Pues porque una masa acojonada deja el campo libre a los depredadores. De ahí la estrategia global y, por ende, también española, de mantener las aguas en constante agitación. Pero la parte tragicómica de la historia viene al comprobar con qué facilidad picamos el anzuelo, qué poco necesitan los de arriba para que contribuyamos a un desorden teledirigido que va directamente en nuestro perjuicio. Fíjense: cuestionamos lo que nos inducen a cuestionar, salimos cuando nos lo dicen, lucimos los símbolos que nos imponen, protestamos cuando nos convocan, reivindicamos lo que nos marcan y nos vamos para casa cuando nos lo ordenan. Y ondeamos banderas, sostenemos pancartas y gritamos soflamas gracias a las que algunos engordan aún más sus caudales. Porque este desorden programado parece ser un negocio suculento. A nuestra costa.

LA NUEVA ESPAÑA DE LAS CUENCAS 29/11/2018